
La frase: “Todo un país maldito repleto de gilipollas conduciendo automóviles, comiendo, pariendo niños, haciéndolo todo de la peor manera posible, como votar por el candidato presidencial que les recordaba a ellos mismos”, me hizo trasladar la historia de Henri al terreno del sistema de transporte: Transantiago. Homologué lo que le pasaba a Henri con el sentir de los ciudadanos, “de a pie”, de nuestro gran Santiago y también, por qué no, de Chile… como el “jaguar de Latinoamérica”. Y es que percibí a Chile como un país estigmatizado por el pasado, por la mentalidad tercermundista y su afán de sentirse como “el patito feo de la laguna”, con pensamiento pesimista y/o realista en algunos casos, de siempre ser el maltratado por quienes pertenecen al establishment y en este caso particular no de ser “aporreados” por el papá de Henri, sino por el Transantiago.
La historia de Henri Chinaski invita a la realidad de muchos niños y, peor aún, de muchos adultos que han vivido y continúan viviendo infelices por culpa de los malos cimientos con que han sido criados: faltos de bases valóricas, deseando lo que no tuvieron, sintiéndose desafortunados y, principalmente, faltos de cariño, sin poder dejar atrás esa historia y sin poder doblegarle la mano al destino para ser felices de una vez por todas. “Algún día comenzará mi baile. Cuando llegue ese día, yo tendré algo que ellos no poseen”…Henri odió ver a sus compañeros bailando el día de la graduación (promoción 1939). “Algún día seré feliz como cualquiera de vosotros, ya lo vereis”.




















